viernes, 7 de agosto de 2015

ORACIONES UNIMEBRES Y BIMENBRES

*La oración que establece una relación entre sujeto y predicado se llama oración bimembre:
             Sujeto                                                         predicado
        Tu hermano                                                    llegó ayer

*Pero no es necesario que toda oración establezca esta relación.  Hay oraciones en las que falta alguno de estos mimembres (el sujeto o el predicado),  como en las que manifiestan fenómenos de la naturaleza, saludos, expresiones coloquiales, etc.
Las oraciones que tienen uno solo de los términos se llaman unimembres.  NO SE PUEDEN DIVIDIR EN SUJETO Y PREDICADO.
Llueve.
Granizó ayer.
Adiós.
¡Qué bonito!
¡Cuánto dolor!

Ejercicios:
*Clasificar las siguientes oraciones en unimembres y bimembres:
El agua corre por la zanja.
¡Qué tal?
¿Arriba!
Tú duermes mucho!
¡Alto!
De acuerdo.
No conozco ese tema.
El creyente reza.
¿Por fin!
Mañana llegará mi padre.
La costurera regresó de la fábrica.
Truena.
Cayó el libro al suelo.
¿Hola?
¿Atención!
Comieron pollos, cabritos y corderos.
Sigue tu camino.

*Escribir oraciones unimembres  y bimembres:
UNIMEMBRES
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
BIMEMBRES

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Completar con sujetos los siguientes predicados:
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .ladra intensamente.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . descubrió América.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . iremos mañana a tu casa.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  es un excelente artista.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .hizo el cielo y la tierra.

Agregar predicas a los siguientes sujetos:
Tú yo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Manuel Belgrano. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Las hormigas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Su tío y mi hermano. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El río Paraná. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
EL SUJETO

El sujeto puede ser un nombre (sustantivo o adjtivo), un pronombre, un verbo en infinitivo o una frase (construcción nominal) o una proposición completa.

La mentira es un feo vicio.
hablas poco
Mentir daña a todos.
La mentira piadosa se perdona a veces.
La mentira de los hijos es injustificable.


Núcleo del sujeto
La palabra eje del sujeto se llama núcleo.
El núcleo puede ir acompañado de elementos subordinados a él que se llaman modificadores del núcleo.
La mentira , vicio funesto, destruye al hombre.
La mentira y la injuria son parientes entre sí.

Sujeto desinencial o tácito
A veces el sujeto no está expresado explícitamente.  Se lo llama entonces sujeto desinencial o tácito.
Hablas poco. (sujeto desinencial: tú)

Sujeto simple y sujeto compuesto
El sujeto simple tiene un solo núcleo.
La mentira es un feo vicio.
La mentira y la injuria son parientes entre sí.

Lugar del sujeto
El sujeto puede estar colocado en cualquier parte de la oración.
La mentira es un vicio.
Es un vicio la mentira.
Es la mentira un vicio.

Modificadores del sujeto
El núcleo sustantivo del sujeto puede ir acompañado de modificadores, a saber:

Modificador directo: se conecta directamente al núcleo sin nexo.
La mentira piadosa se perdona a veces.

Modificador indirecto:
La mentira de los niños es menos grave.

Aposición: es un sustantivo o construcción sustantivada que se coloca directamente al lado de otro sustantivo y lo precisa. Se coloca entre comas.
La mentira, vicio funesto, destruye al hombre.

Ejercicios
En las oraciones bimembres siguientes, señalar el sujeto y el predicado y subrayar los núcleos de ambos.  Indicar también los sujetos omitidos (sujeto tácito o desinencial).

La lectura es una gran satisfacción.

Llegó con las golondrinas la primavera.

Amaneció el día con el esplendor del Sol.

Vinieron con alegría.

La paz es producto del amor.
Llegaron mis primos de madrugada.

Con gran pena abandonó el niño al perro.

¿Estudió ya Elena su lección?

Aleteando el ave se acercó a la ventana.

En su rancho dormitaba el paisano.

¿Llegó ya el correo?

Muchas máximas fueron dichas por los clásicos ya.

Tu palabra me reanimó.

En la oscuridad todos los gatos son pardos.

Nosotros te creemos.

¿Es difícil el problema, profesor?

¡Bonita mentira dijo tu amigo!

¡Por fin terminaron las clases!

Llorar es demostración de dolor.

El recuerdo de los muertos nos obliga.

Llegaron tarde tú y los demás.

Colón, marino genovés, descubrió nuestro continente.

Lluvioso amaneció el día.

Los dos mejores alumnos tendrán becas.

Yo, tú y el maestro saldremos mañana.

Entraron un perro y un  gato al jardín.

Esteban, el pintor, comenzará el trabajo.

La ciudad de Buenos Aires es la capital argentina.

Llegamos con retraso.

No digas sandeces.

El dólar es la unidad monetaria de los Estados Unidos.

No creas eso.

La partida fue fijada para mañana.

El latín y el griego son lenguas muertas.

En la reunión se leyó la obra teatral.


jueves, 12 de marzo de 2015

El hambre. Manuel Mujica Láinez


Manuel Mujica Láinez
Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester...
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
Manuel Mujica Lainez 
Misteriosa Buenos Aires (1950)

jueves, 5 de junio de 2014

Instrucciones para subir una escalera
[Instrucciones. Texto completo.]
Julio Cortázar

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

FIN
Instrucciones para llorar
[Instrucciones. Texto completo.]
Julio Cortázar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

FIN

miércoles, 23 de abril de 2014

DÍA DEL LIBRO

El 23 de abril es un día simbólico para la literatura mundial, ya que en este día y en el año de 1616 fallecieron personalidades como Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Igualmente se conmemora el nacimiento o muerte de otros autores prominentes como Maurice Druon, Haldor K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo.
La celebración de este día fue una decisión espontánea tomada en la Conferencia General de la UNESCO que se celebró en París en 1995, para rendir un homenaje universal a los libros y autores.
"Ventana abierta a la diversidad de las culturas y puente tendido entre las civilizaciones, vector de valores, de saberes, del sentido estético y de la imaginación, el libro es ante todo obra de la inteligencia, la creatividad y la cultura humanas: por ello enriquece el patrimonio inmaterial de la humanidad..." (Koïchiro Matsuura, Director General de la UNESCO).

lunes, 21 de abril de 2014

USO DE "C"

El uso de la C es una de la implicaciones ortográficas mas importantes debido a que, en el español hablado en los países latinoamericanos su pronunciación es diferente a la utilizada en España, lo que hace que sea más difícil distinguirla de la S y la Z.

Para poder entender mejor el uso de la C hay que tomar en cuenta algunas reglas:
 
  • Las palabras con terminaciones -cito, -cita, cillo, cecillo, cecilla siempre deben escribirse con C y generalmente son terminaciones para convertir la palabra en un diminutivo o darle un uso despectivo.
    Por ejemplo:
    Rinconcito, Tardecita, Limoncillo, Telecilla, Pececillo, Lucecilla.
  • Cuando la palabras en singular se escriben con Z, en plural se cambia por C y se le agrega la terminación es.
    Por ejemplo:
    Avestruz - Avestruces
    Pez - Peces
    Cruz - Cruces
    Cicatriz - cicatrices
    Lápiz - Lápices
  • Aquellos sustantivos que hacen referencia a la palabra utilizada y que terminen en tor serán los que lleven la sílaba ción al final.
    Por ejemplo:
    Director - Dirección
  • Los verbos que su terminación en infinitivo es cer, cir, ceder, cibir, cidir y cendir van con C.
    Por ejemplo:
    Crecer, Decir, Acceder, Recibir, Decidir.
  • Todos los sustantivos que tengan terminaciones -áceo, -ácea, -acia, -ación, -ancia, -ancio, -icia, -icie, -icio, -uncia.
    Por ejemplo:
    abundancia, indicio, denuncia, acrobacia, recomendación, redundancia, falacia.
  • Los verbos con las terminaciones cear, ciar, cir y ai van con C.
    Por ejemplo:
    Broncear, Viciar, Decir, distanciar.

USO DE "V"


Se escriben con “V”:

♦ Los presentes de indicativo, imperativo y subjuntivo del verbo ir ( voy, vas;
ve, vaya; vayas, vayamos)

♦ El ptº indefinido, ptº imperfecto y el futuro de subjuntivo de los verbos estar,
andar y tener y sus compuestos. (estuve, estuviera, estuviere; anduve,
anduviera, anduviese; tuve, tuviera, tuviese).
- Sería penoso que anduviéramos descalzos.
- Si tuviera dinero invertiría.

♦ Después de las consonantes b, d, n. Ej.: advertencia, adviento, advenedizo,
adverbio, adversario, adverso, obvio, subvención, adverbio, advertir, enviar,
invasor
- El conductor recibió una advertencia. - El viento era adverso para la navegación.
- La investigación no dio resultados. - El gobierno subvenciona las escuelas.
- Muchos males provienen de la envidia.

♦ Las terminaciones de adjetivos -ava, ave, -avo; -eva, -eve, -evo; -iva, -ivo. Se
exceptúan árabe y sílaba, y sus compuestos. Ej.: octava, suave, bravo, nueva,
leve, Medievo, nociva, decisivo.
- Un leve dolor intranquilizaba al enfermo.
- La demasiada bebida era nociva para la salud.
- Fue leve y no grave la herida del cautivo.

♦ Los prefijos vice-, villa-, villar-. Ej.: vicealmirante, Villalobos, Villarcayo.
- Varios pueblos de España se llaman Villafría.
- El Vicealmirante mandaba la escuadra.
- Los alumnos obedecen al Vicerrector.

♦ Las terminaciones -viro, -vira e -ívoro, -ívora, excepto víbora. Ej.: decenviro,
Elvira, carnívoro, herbívora.
- Los animales carnívoros comen carne.
- La víbora es un reptil ofidio (carecen de extremidades).

♦ Las terminaciones -servar y -versar de los verbos. Ej.: conservar, observar,
reservar, conversar.
- El café conserva todo su aroma.
- No debes tergiversar lo que te dije.

♦ Las formas de los verbos que no tienen b ni v en su infinitivo. Ej.: tuve, estuve,
anduvieron, tuviéramos, vayamos. Se exceptúan las terminaciones -ba, -bas, -
bamos, -bais, -ban, del ptº imperfecto de indicativo.
- Sostuvimos la viga del tejado con un hierro.
- Anduvimos por todas las tómbolas.
♦ Los compuestos y derivados de palabras que lleven esta letra. Ej.: venir -
prevenir, virtud - virtuoso, vuelto - revuelto, ventana - contraventana.
- Es mejor prevenir que lamentar.
- El invidente tanteaba la acera con su bastón.

♦ Todos los nombres de los números. Ej.: nueve, octavo, veintitrés, vigésimo.
- Después del número diecinueve viene el veinte.
- Consiguió el vigésimo puesto en la clasificación general.

♦ Los verbos acabados en -olver. Ejemplos: absolver, disolver, volver.

♦ Las palabras que empiezan por "na", "ne", "ni", "no". Ejemplos: Navaja, nevar,
nivel, novio.

♦ Las palabras que empiezan por "lla", "lle", "llo", "llu", "pre", "pri", "pro",
"pol". Ej.: Llave, llevar, llover, lluvia, previo, privado, provecho, pólvora.
Excepciones: probar probable probeta